martes, 29 de setiembre de 2009

San Francisco de Asis VIDA POPULAR


San Francisco de Asís.
vida popula
r
Fray José Carlos Correa Pedroso

" Francisco de Asís vivió hace ochocientos años.
Fue un joven alegre, generoso y lleno de sueños de grandeza,
hasta que, un día, descubrió a Jesucristo.El creyó que había sido llamado por Dios y entró en la dimensión de una vida nueva.
Cuando murió, todos pensaron que había sidotransformado en otro Cristo, mil doscientos años
después.Ahora, ya hace ochocientos años que pasó por esta tierra.
Tú no serías capaz de recordar los nombres de tus cuatro bisabuelos y de tus cuatro bisabuelas,
que vivieron en el siglo veinte,
Pero ciertamente ya oíste hablar de Francisco de Asís,que vivió en el siglo trece.
¿Y tú? ¿Qué estás haciendo de tu vida?
¿no crees que también fuiste llamado por Dios?
Puede que no haya sido para hacer las mismas cosas que Francisco hizo.
Recuerda, Dios te puso para algo en este alborear
del siglo XXI."


Una sorpresa

El día 4 de octubre de 1226, temprano por la mañana, se reunió una multitud en una capillita en las afueras de la ciudad de Asís. Hombres, mujeres, niños, pero principalmente frailes, iban llegando de todos lados. Había muerto el Hermano Francisco, al que todos tenían por santo.
Pero nadie estaba preparado para la sorpresa: se veían con la mayor claridad enormes clavos atravesando sus manos y sus pies. La ropa rasgada dejaba ver una gran herida en el pecho. Y él, antes moreno, estaba pálido, pero muy hermoso. Parecía un santo.
¿Santo? De pronto, alguien murmuró, admirado, que era como otro Cristo. Y la voz se corrió.
Aquel día, el entierro fue una procesión. Un río de gente. Pasó por la iglesita de San Damián, que Francisco había reconstruido y donde moraban la Hermana Clara con sus compañeras. Fue a parar en la
Iglesia de San Jorge, donde lo enterraron. Y los milagros se multiplicaron.
Pero el mayor milagro había sido él mismo. Uno de los mayores milagros acontecidos en este mundo. ¿Cómo fue que aquel joven jaranero se convirtió en un santo?

Era rico y alegre

Francisco era hijo de Pedro de Bernardone, uno de los hombres más ricos de la ciudad. En aquel tiempo, importantes y poderosos eran los nobles, pero había comenzado a surgir una clase nueva: la de los que no eran nobles pero estaban consiguiendo hacer dinero. Pedro de Bernardone era uno de esos. Comenzó vendiendo piezas de paño, pero tenía tal capacidad que creció de prisa. Hacía excursiones a Francia para buscar tejidos más preciosos. Una de esas veces, trajo a una hermosa joven francesa que pasó a ser su esposa. Su nombre era Joana, pero, como venía de la Picardía, se quedó con el sobrenombre de Doña Pica.Cuando nació el primer hijo, Pedro estaba de viaje. Joana lo bautizó con su nombre. Pero, al volver, el padre puso a su Juanito el nombre de Francis
co, o "francesito", no se sabe si por causa de la madre, que hablaba con él
en francés o si quería con ello rendir un homenaje al país que lo ayudara a enriquecerse.Aquel niño era una alegría. Era despierto, aprendió a leer y a escribir con los sacerdotes de la iglesia de San Jorge y luego empezó a ayudar al padre en su tienda. Era bueno para ganar dinero. Y para gastar también. Pero Pedro era feliz: veía que iba a tener una vejez todavía más rica e importante.Alegre y rico, Francisco era el rey de las fiestas. Y de las aventuras. Y nadie soñaba como él. Quería ser caballero, lo que, en aquel tiempo, era lo mismo que ser n
oble. Para eso era preciso tener mucho dinero para comprar un buen caballo y armas. Pero quien no era noble sólo llegaba a caballero si se distinguía en él combate. Caballer
o Francisco tenía veinte años cuando fue a una guerra. Hacía cuatro años que los plebeyos ricos de Asís estaban luchando con los nobles, a los que consiguieron expulsar de la ciudad. Al principio, el muchacho sólo puede ayudar a cargar piedras para construir la nueva muralla. En 1202, lo dejan combatir en Collestrada, muy cerca de la ciudad. Vencen los nobles y él va preso. Sólo salió de la prisión un año después, porque el padre pagó. Pero salió con la salud quebrantada. Estuvo enfermo un buen tiempo.
Cuando se restableció, compró armas y un buen caballo para ir a una guerr
a en otra región de Italia, en la Apulia.
El día de la partida fue una fiesta. Estaba exultante, porque había soñado que su casa estaba transformada en un
castillo lleno de armas.Volvió pocos días después. Y no quería saber más de caballos ni de guerras. Ni de negocios ni de trabajo. Pasaba los días vagabundeando por los campos de los alrededores de la ciudad. No sabía lo que quería. Sólo sabía que algo importante iba a suceder en su vida.
Soñó otra vez: estaba
en un castillo de armas, como en la primera ocasión. Una voz fuerte penetró en su interior, preguntando si era mejor seguir al siervo o seguir al señor. La respuesta también vino de dentro:
-"Señor, ¿qué quieres que haga?"Y esa respues
ta-pregunta nunca abandonaría el corazón de Francisco.¿Y ahora?
Daba vueltas en la cama de noche y pasaba los días caminando sin saber hacia dónde. Sabía que algo había cambiado para siempre, pero no sabía qué. Los demás preguntaban qué haría ese hombre de vein
te años de su vida. El mismo no tenía la más mínima idea de lo que iba a ser.
Volvió a un banquete con los muchachos y chicas de su grupo. Al final, cuando salieron cantando por la calle, Francisco se sintió paralizado en el camino. Aquella fuerza del sueño había vuelto. Tuvo la certeza de que iba a descubrir lo que tenía que hacer, pero enseguida comprendió que no sería tan pronto.
Algo sería cada vez más cierto: era Dios quien estaba entrando en su vida. Comenzó a pasar horas, días, en las grutas que encontró en los cerros cercanos. Y algo allá dentro, un "espíritu" nuevo hacía que orase al Padre de los cielos. Pero la oscuridad continuaba.Los leprosos
Un día, encontró un leproso en el camino. Si hubiese sido antes, habría huido con asco. Ya lo había hecho muchas veces. Esta vez, el encuentro mostró que había cambiado. Fue feliz con el leproso. Todo el mundo en la ciudad sentía horror por esos enfermos. Pero Francisco se quedó viviendo con ellos. Los lavaba, les hacía curaciones. Iba descubriendo que no había mayor leproso que él: estaba cambiando y precisaba de un cambio cada vez mayor.
Comenzó a tener una ternura tan grande por los pobres enfermos, que se sintió encantado. Nunca había amado a nadie de aquel modo: ni a su madre, ni a sus compañeros de aventuras, ni a las bellas enamoradas de las que disponía con tanta facilidad. Percibió que sólo Dios podía ser aquel amor que sentía por los leprosos. Y que sólo Dios podía ser aquel amor que él recibía de los leprosos.Cuando intentó volver a la ciudad, le arrojaron piedras. Ese loco no podía andar con la gente que no tenía esa terrible enfermedad. Pero su corazón desbordaba de una dulzura que nunca conseguiría contar a nadie.

San Damián

Andando sin rumbo por los campos fue que un día resolvió entrar en aquella iglesita en ruinas.
Adentro todo estaba oscuro y sucio. Sólo un enorme crucifijo
parecía una luz encendida. Y sus ojos enormes penetraban dentro del alm
a. Penetraban hondo.
La
mirada de Cristo lo atravesaba, se esparcía por el mundo, llegaba a todo hombre, a toda mujer, a todo niño, a todo anciano, a todos los animales, a todas las cosas. ¡Ah, y cómo entendía Francisco aquella mirada! Era la mirada de la misericordia, aquella misma misericordia que él sentirá amando a los leprosos, aquella misericordia que sólo podía ser otro nombre de Dios.Esta vez, la respuesta salió como un grito. Y el grito tenía la forma de la oración que vivía repitiendo en aquellos últimos tiempos. Y que parecía haber sido hecha justamente para esa hora:
"¡Señor, ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame una fe recta, una sólida esperanza y un amor perfecto, juicio y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento!"
Todavía se sentía en la oscuridad, pero algo comenzaba a quedar claro: Ne
cesitaba una luz cada vez mayor y que Dios le ayudase todo lo que fuese preciso para que él hiciese todo lo que Dios quería. ¿No era eso lo que Jesús estaba haciendo en la cruz: la voluntad del Padre ?
Piedras y huecos

Comenzó por hacer dos cosas: la primera fue limpiar y arreglar aquella iglesia donde vivía aquel Jesús tan amigo. La segunda, pasar horas y días, sin tiempo, rezando escondido en la pequeña cripta (el lugar donde antes enterraban a los muertos), debajo del altar de la capillita.
Pedro de Bernardone lo buscaba como un loco. Además, creía que el loco era Francisco. Entre otras cosas, Francisco había huido con muchas piezas de paño, vendido el caballo y nadie sabía lo que había hecho con el dinero. Pensando que no podía recuperar más al hijo, Pedro quería, por lo menos, el dinero.
Como Francisco ya vivía como una especie de religioso, la cuestión fue presentada al obispo de la ciudad. En frente del palacio, con asistencia de mucha gente, el joven no tuvo dudas: devolvió el dinero y toda la ropa, incluso la que tenía puesta. El obispo tuvo que cubrirlo con su capa. Después, le dieron la túnica de un pobre siervo para que no quedase desnudo.
Era invierno, todo estaba cubierto de nieve, pero él, al principio, no sintió f
río. Le salía de adentro una oración fuerte. Ahora se sentía igual que Jesús que fue desnudado y despojado de todo antes de ser clavado en la cruz. Y gritó a todos que, ahora sí, podía rezar con toda verdad:
¡Padre nuestro que estás en los cielos! No tenía ya ningún padre en la tierra.
Una revelación
Hizo un arreglo grande en la iglesia de San
Damián.
Pedía piedras de limosna y llamaba a los pobres de alrededor para ayudarlo.
En una de aquellas horas en que tenía la certeza de que Dios estaba hablando con él, supo que aquella capillita y la casa contigua serían un día la morada de unas muy santas hermanas. Cantaba en francés, como siempre que se sentía entusiasmado, y ponía manos a la obra.También hizo un pequeño arreglo en la iglesia de San Pedro. Después encontró una capillita casi aban
donada, todavía mas afuera de la ciudad que la de San Damián. Le gustó porque estaba dedicada a Nuestra Señora de los Angeles. Le gustó también el nombre que le daban: porciúncula, que quiere decir "pedacito de tierra". Comenzó aarregarla.
En ese tiempo, había empezado a vivir y a vestirse como un eremita: con una túnica larga, un cinturón de cuero, sandalias en los pies y llevando en la mano un cayado de madera que había cortado en el bosque. Y se sentía lleno de Jesús. Y no dejaba de orar como él al Padre. Continuaba pidiend
o luz para saber lo que Dios quería de él.Un día, asisti
endo a la misa, unas palabras del Evangelio llamaron mucho su atención. Al final, fue a hablar con el sacerdote en la sacristía. Pidió que le leyera nuevamente el texto. Era así:
"Cuando vayan por el camino, no lleven bolsa, ni calzado, ni dos túnicas..."

Fue ahí que la certeza golpeó dentro de él. Comenzó a saltar de alegría y a gritar. Ahora ya sabía lo que Dios quería de él: que fuese a anunciar el evangelio como los apóstoles, que nunca poseyera nada, que estuviese siempre en camino, como quien no tiene casa en ningún lugar...
Como un apóstol Eso mismo. El no era eremita (que eran personas que vivían solas, rezando en los bosques y en las montañas). Era como un apóstol. Comenzó a andar descalzo, sin cayado, sin cinturón, con la ropa más miserable que el mismo consiguió hacer, dándole la
forma de una cruz con la capucha que tenía encima. Y no paró más. Fue a anunciar
que el mundo tenía que cambiar, porque Jesús ya había llegado.
Fue casi un año después cuando Bernardo, un antiguo compañero muy rico, fue a hablar con él. Quería ser como él. Quería andar como un pobre y quería anunciar el reino de Dios. En el mismo día, apareció otro joven, Pedro, que también quería vivir como él. Francisco pensó que tenían que ir a consultar al propio Jesús, abriendo su Evangelio.
Además del mismo pasaje de la otra vez: "Cuando vayan por el camino"... encontraron otros dos: "Quien quiera venir conmigo, venda todo lo que tiene, delo a los pobres y despué
s sígame..." y éste: "Quien no deja padre, madre, hermanos, hermanas, por amor de mí, no es digno de
mí".Ahora ya sabían: tenían que ser como los apóstoles, seguir y anunciar a Jesús sin tener nada propio, y ser ellos mismos hermanos unos de otros, una familia, el bien unos de otros en esta tierra.
El Señor le dio hermanos

De ahí a algunos meses, ya eran doce hermanos. Francis
co consideró que tenían que escribir cómo querían vivir e ir a pedir al Papa que los bendijese. Comenzaron un alegre viaje, a pie, a Roma. Tenía la certeza de que, en la tierra, Jesús habla por sus ministros, y, en especial, por el Papa.
Esto pasó en 1209, cuando Francisco tenía veintisiete años. El Papa era el famoso y poderoso Inocencio III. Fue iluminado para ver en aquellos pobrecillos a hombres de Dios. Los aprobó. Los env
ió como misioneros.
Ellos volvieron muy felices, y su número comenzó a crecer. Anunciaban a Jesús por todas partes. Francisco llegó a hablar, como predicador, en la propia catedral. Hombres y mujeres quedaban impactados por sus palabras y más todavía por su ejemplo simple y pobre. Querían ser como él y sus compañeros.

Clara

Unos dos años después, Francisco resolvió buscar a Clara. Era una joven rica que moraba en una casa vecina a la catedral
, pero todos la tenían por santa. Francisco debe haber tenido alguna iluminación de que era con ella que el Señor quería comenzar el grupo de mujeres que iban a vivir en San Damián. No tardó mucho la joven en vender todo lo que tenía y entrar en la nueva familia.

Clara fue uno de los mayores acontecimientos de la vida de Francisco. Y del mundo. Transparentaba una vitalidad enorme, era todo claridad y su rostro reflejaba el de Jesús como un espejo. Doce años más joven -ella tenía 18 y Francisco 30- fue maestra y compañera, además de discípula en sus caminos de vivir a Jesucristo.

Los capítulos

Todos los años los hermanos (todo el mundo los llamaba ya frailes = hermanos) se reunían en el tiempo de Pentecostés para descubrir juntos qué más quería Dios de ellos.
Se esparcían por el mundo. Eran cada vez más numerosos. Sólo diez años después de comenzada la aventura, ya había quien decía que los hermanos eran unos cinco mil. Sin contar las hermanas de Clara, que también se multiplicaron rápidamente. Y la multitud de hombres y de mujeres que, aunque continuaban viviendo en sus casas, seguían la misma forma de vivir el Evangelio. Tod
os ellos eran penitentes, porque habían descubierto cómo Jesús hace falta en este
mundo y no medían sacrificios para tenerlo consigo.Esa palabra "penitentes" había sido usada por Juan Bautista cuando vino a anunciar la llegada de Jesús. Decía que había que hacer penitencia para recibir a Jesús y la situación nueva que él traía. A través de los siglos, mucha gente consider
ó que hacer penitencia era hacer sacrificios: dejar de comer, pasar frío y hasta golpearse a sí mismo al punto de sangrar... Pero Francisco y sus compañeros fueron al meollo de la cuestión: ser penitente es darse cuenta que Jesús está haciendo falta y estar siempre preparado para recibirlo.
Entre los sarracenosAdemás de recorrer toda la región, los hermanos comenzaron a expandirse por Italia y por los otros países de Europa. Pero, en aquel tiempo, de todo el mundo conocido, lo que no era la Europa cristiana, era el mundo de los sarracenos, que seguían a Mahoma. Y los cristianos estaban en guerra con ellos, porque estaban ocupando la Tierra Santa, en que Jesús vivió.
Francisco consideraba que los sarracenos también eran hijos de Dios y hermanos de todos nosotros. Por eso, en vez de guerra, quería ir a hablar con ellos sobre Jesucristo. lo intentó varias veces. En la primera, llegó hasta el norte de España, en aquel tiempo casi entera en manos de los sarracenos. Pero enfermó y tuvo que volver.
Intentó tomar un navío en Ancona, para ir a Palestina. El viaje no re
sultó y el nav
ío volvió. Al final, acabó por conseguirlo: fue a Egipto en 1219. En
contró a los cruzados, que eran los soldados cristianos. Trató de convencerlos de evitar la guerra. No consiguió nada.
Pero Francisco atravesó las líneas de combate y fue a hablar con el sultán, que era el rey de los sarracenos. Conversaron mucho. Francisco los dejó muy impresionados, y también los oyó. Los sarracenos lo dejaron volver como un amigo. Y quedó muy edificado al ver cómo ellos rezaban, incluso en la calle, varias veces por día.
Tuvo que volver de prisa a Italia porque su movimiento de los "frailes menores", que había crecido enormemente, estaba causando problemas. Entre otras cosas, los que él había dejado como responsables en su lugar, habían resuelto prohibir a todos comer carne. Francisco quería que se viviese el Evangelio, y recordaba que Jesús había dicho: "Coman de todo lo que les ofrezcan. No es lo que entra en el hombre lo que le hace mal. Sólo la maldad de su corazón les puede hacer mal".
Francisco estaba descubriendo una manera más viva, más libre, más alegre de vivir el mensaje y la vida de Jesucristo.

Contemplando a Dios

Pero, cuando volvió de Egipto, ya estaba débil de salud, y emp
eoraba. Volvió con una fuerte infección en los ojos, que lo haría sufrir m
ucho. Pero estaba viendo cada vez mejor, como él decía, con los "ojos del espíritu". Eso quería decir que adquirió, y fue mejorando, una capacidad de descubrir la presencia de Dios en todas las cosas. Usando una comparación de la Biblia, decía, que, con los ojos de la carne (es decir, con nuestra simple fuerza de humanos), sólo
vemos lo que todo el mundo ve: una planta es una planta, y punto. Mas, con los ojos del espíritu (es decir, con una iluminación diferente, que sólo Dios da), uno ve a Dios en todo y es capaz, por ejemplo, de percibir cómo la planta manifiesta y canta la gloria de Dios, que la hizo con cariño para nosotros.
Por eso, estaba viviendo cada vez más a Jesucristo. Y esa experiencia suya desbordaba en oraciones nuevas, que vivía inventando. A veces eran totalmente nuevas, salidas sólo de su corazón. Muchas otras veces, eran oraciones en que mezclaba lo que o
ía en la iglesia con su manera muy especial de rezar.
Fue así que los frailes tomaron nota de un Padre Nuestro y un Ave María que él amplió. También compuso todo un conjunto de salmos (oraciones de la Biblia en el Antiguo Testamento), pero ampliados con su manera de acompañar la oración de Jesús. Consideraba que Jesús era, sobre todo, aquél que nos enseña a rezar, porque sólo él sabía y podía hablar de verdad con Dios Padre.
Francisco también gustaba mucho de pasar largos tiempos en oració
n. Escogía alguna montaña apar
tada, alguna caverna, alguna isla, y se quedaba allí cuarenta días cada vez, en compañía de unos pocos hermanos. Quedaba tan entregado a Dios, como Jesucristo, que casi ni comía.En el monte AlverniaUna de esas veces, cuando tenía ya cuarenta y un años, estaba solo con su más fiel compañero, Fray León, en un lug
ar llamado Monte Alvernia. En ese lugar, su oración fue tan profunda, estaba tan unido a Jesucristo, que vio una enorme luz descendiendo del cielo. Cuando llegó más cerca, percibió que era u
n serafín, es decir, un ángel co
n seis alas, despidiendo fuego. Más cerca, todavía, vio que el serafín era el mismo Jesús Crucificado. Fue en esa ocasión que recibió los mismos signos de la pasión de Jesús: quedó con las llagas marcadas en el pecho, en las manos y en los pies.
Eso fue una señal de Dios: para que nosotros percibiéramos cuánto Francisco se identificó con Jesucristo, es decir, se convirtió en otro Jesucristo. Todos nosotros, para ser criaturas felices y realizadas, también tenemos que ser otros Cristos. No necesitamos tener sus heridas ni en las manos ni en los pies, pero necesitamos tener su visión de las cosas y su inmenso corazón para amar a todos.La carta de la misericordiaEn 1219, uno de los compañeros de Francisco, que había sido encargado de los hermanos que vivían en toda una región y que, por eso, era llamado por los otros "Hermano Ministro" (ministro quiere decir: aquel que sirve), le escribió a Francisco pidiendo dispensa de su cargo, porque tenía muchos problemas de los frailes y de los otros que resolver y le quedaba poco tiempo para rezar. El decía que había entrado en el movimiento franciscano para rezar.
Francisco le escribió una carta muy linda, que todavía se conserva. Elxplica que la única cosa importante es la misericordia, es decir: Dios ama, ama sin límites, a todas las personas y a todas las cosas. Lo importante de "rezar" es estar con Dios. Y nosotros estamos con Di
os siempre que estamos viviendo el amor. Por eso, Francisco explicaba que el Hermano Ministro debía ver como una gracia de Dios todos los problemas que tuviese que resolver. Porque era una oportunidad para que viviera la misericordia que es el amor de Dios. Y, cuanto más uno vive la misericordia, más vive a Dios y más va realizando la imag
en de Jesucristo en nosotros.
Por eso, Francisco decía que el ministro no sólo tenía que ser siempre misericordioso, con quien errase, sino que tenía hasta que ir a ofrecer la misericordia. Decía que cualquiera debía ver la misericordia sólo con mirar sus ojos.La Regla – vivir como Jesucristo
Fue paulatinamente que Francisco y sus hermanos fueron descubriendo y estableciendo cómo debía ser la manera de vivir según el evangelio de Jesús. Todos los años, se reunían con ocasión del día de Pentecostés, para festejar al Espíritu Santo, y después se quedaban varios días juntos, rezando y alegrándose como hermanos. Al final, Francisco resumía todo lo que ellos habían conversado sobre su nueva vida y algunos hermanos ponían eso por escrito.
Fue así que se hizo la llamada "Regla franciscana": con la ayuda de todos, porque Francisco decía que cada uno de ellos había venido al grupo porque lo había traído el Espíritu S
anto, que mora dentro de cada uno. Entonces, cuando querían saber lo que Dios quería de e
llos, el modo era oír con atención lo que cada hermano t
enía para decir.
Desde 1210 hasta 1221, pusieron por escrito todo lo que consideraban que, según Dios, debían vivir: cómo debían rezar y cómo debían trabajar, cómo debían vestirse y cómo debían comer, cómo debían organizarse y cómo debían andar por el mundo.Barrendero de iglesias
Francisco andaba casi siempre con una escoba en la mano. Cuando encontraba alguna iglesia, entraba y comenzaba a barrer. Aunque veía que Dios estaba presente concretamente hasta en una flor o en un insecto, tenía la certeza de que la mejor presencia de Dios era en la Eucaristía.
La fe del pueblo en la Eucaristía estaba muy debilitada, por eso las iglesias estaban casi siempre muy sucias. Francisco barría, arreglaba los altares de la mejor forma que podía, explicaba la Eucaristía al pueblo y reunía a los sacerdotes para hablar sobre su elevada misión de cuidar de Jesucristo presente en el pan y en el vino.Una vez, apareció un muchacho muy simple, llamado Juan, que quería ser santo como Francisco. Lo encontró barriendo una iglesia, le pidió la escoba y barrió un buen espacio. Después, también se hizo fraile. Hacía todo lo que Francisco hacía, para aprender a ser como él.

Carta a los fieles – sentir falta de Jesús

Además de los hombres que venían a pedir ingresar en su nuevo movimiento, y de las mujeres que entraban en las casas en que vivían Clara y sus hermanas, muchos hombres y mujeres, incluso casados, y hasta muchos sacerdotes diocesanos quisieron vivir como Francisco. El les enseñaba a vivir el Evangelio como hermanos y hermanas, pero continuando en sus casas, con sus familias y con sus responsabilidades en la ciudad.Luego escribió para todos ellos una carta, conocida más tarde como "Carta a todos los Fieles". En ella, como en sus predicaciones, Francisco deja bien claro que lo importante, en la vida de cualquier persona, es vivir a Jesucristo. Por eso dividió la carta en dos partes. Primero habló de los que hacen penitencia, es decir, de los que sienten que Jesús hace falta y lo buscan y lo siguen. Después, habló, de los que no hacen penitencia, es decir, que viven como si Jesús no hiciese falta, y se pierden.Casi al fin de su vid
a, Francisco rehizo y alargó esa carta, porque también esos "hermanos y hermanas de la penitencia" habían aumentado mucho, en muchos países. Ellos estaban logrando una profunda renovación de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo, y Francisco los animaba a vivir profunda y correctamente su fe católica y el seguimiento entusiasta de Jesucristo.
Madres de JesúsUno de los pensamientos más interesantes de Francisco en sus "Cartas a los Fieles" es el modo cómo explica nuestra unión con Jesucristo. Aprovechando la enseñanza del Evangelio, dice que nosotros somos hermanos de Jesucristo, esposos de Jesuc
risto y hasta madres de Jesucristo.
En primer lugar, enseñaba que todos los que, como Jesús, aprenden a hacer siempre la voluntad de Dios Padre, son verdaderos hermanos de Jesucristo.Era justamente por eso que llamaba Hermanos y Hermanas a sus compañeros y compañeras.
También recordaba que todos nosotros somos "esposos" de Jesús, porque la Biblia enseña que Dios, por nuestro amor, hizo un casamiento con su pueblo, con los seres humanos. Cuando Jesús vino, contó diversas historias en que dice que Él era el Esposo, la presencia de Dios. Esa comparación quiere dar una idea de cómo todos nosotros, y todos juntos como un pueblo, debemos estar profunda e íntimamente unidos a Jesucristo.Pero su idea más original era decir que nosotros, como Nuestra Señora, debemos ser "madres" de Jesucristo. Porque Jesús tiene que nacer y crecer en todas las personas y nosotros podemos y debemos colaborar dando el buen ejemplo, diciendo buenas palabras, ayudando a cada persona a ser otro Jesucristo. Pero principalmente porque la Palabra de Dios entra en nosotros y transforma el mundo transformando nuestras vidas.

Los cátaros – el mundo sin el amor del Padre

El tiempo de Francisco no fue fácil para la religión. Como en otras épocas, ante
s y después de él, muchas personas, queriendo dar una explicación de la presencia del mal en el mundo, enseñaban que había dos dioses: uno del bien, que es el Dios del espíritu y de la luz, y otro del mal, que sería el dios de las tinieblas y de la materia. Por eso, los que
tenían esa religión, y se llamaban cátaros, decían que todas las cosas materiales: tierra, plantas, animales, nuestro cuerpo... habían sido hechas por el dios del mal.
Para los cátaros, los dos dioses vivían peleando y nosotros, los humanos, éramos un resultado de la lucha; teníamos el cuerpo hecho por el dios de las tinieblas y el alma hecha por el Dios de la luz.

Es claro que esas personas no podían admitir que el Dios de los cielos pudiese ser todo amor y pudiese no sólo haber creado nuestro cuerpo sino hasta haber asumido ser un hombre como nosotros, con cuerpo y alma.Ese error, o herejía, hacía mucho estrag
o en aquel tiempo. Francisco, que tenía una visión tan bella de Dios, un Dios único, que sólo quiere nuestro bien y que hizo bien todas las cosas, nunca admitió esos errores, y procuraba enseñar siempre su visión a la gente, por donde quiera que anduviese. Es necesario que todos sientan que somos muy amados por Dios y que en nosotros no hay nada de errado, a no ser lo que nosotros mismos queremos hacer errado.
En aquel tiempo contaban que, una vez, cuando Francisco estaba haciendo predicaciones sobre el reino de Dios en una ciudad, una familia lo llevó a comer a su casa. Estaban
en medio de la comida cuando un cátaro, fingiendo ser un pobre, vino a pedir limosna. Francisco tomó un pedazo de pollo de la mesa y se lo dio.

Al día siguiente, cuando todo el mundo estaba prestando atención a la predicación de Francisco, el hombre comenzó a gritar:– No crean a este hombre. ¿Ustedes piensan que es un santo? No, no lo es. Vean lo que estaba comiendo: carne!
Cuentan que todas las personas miraron y vieron en las manos del hombre un pedazo de pescado, que todos consideraban que podía ser comido. El cátaro huyó de allí avergonzado.
Lo importante de todo esto es percibir que Francisco era un santo, pero con la cabeza bien en su lugar. Porque, de verdad, vivía para Dios y quería servirlo siempre.
Carta a los gobernadores
Cuando estaba en Egipto, Francisco observó también todas las cosas buenas que hacían por allá, porque todo bien es signo de la presencia de Dios. Quedó muy admirado, como ya contamos, al ver que los sarracenos, o musulmanes, se arrodillaban todos, incluso en la calle, varias veces por día, para alabar a Dios.
Cuando volvió a Italia, escribió una carta a todos los gobernadores de todo el mundo, pidiendo que también comenzasen a dar alguna señal para que todo el pueblo parase de vez en cuando todas las cosas para alabar a Dios.
Las cartas eran escritas a mano, y Francisco pedía que quien recibiese hiciera copias y las enviara a todos los gobernantes que conociese.
Otras cartasEn ese mismo tiempo, Francisco escribió otras cartas, queriendo siempre comunicar a los otros aquel Jesucristo que él descubriera; entregado enteramente a la misión de hacer que las personas vivieran la voluntad del Padre: que en todo reine el amor. Francisco consideraba que estaba simplemente comunicando las palabras de Jesucristo, aun
que las adaptase a las personas para quien escribía. Decía que la Palabr
a de Dios, que es Jesucristo, es una palabra llena de perfume, que lleva vida y placer a quien la recibe.Nosotros todavía tenemos unas cartitas, muy cortas pero muy lindas, que Francisco le escribió a Fray León, su más constante compañero, y también a San Antonio, en aquel tiempo un fraile joven que había venido de Portugal y comenzaba a enseñar teología.
Pero su tema preferido era la Eucaristía. Como él rezaba con todo su ser, usaba tanto el cuerpo como el alma para orar. Por eso, quería experimentar la bondad de Dios de manera bien concreta. Recordaba a todos que Jesús se encuentra entre nosotros en su forma más concreta en la Eucaristía, pues en ella transforma el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre. Decía que, como en el tiempo de los apóstoles, las personas podían ver a Jesús como un hombre, nosotros ahora podemos verlo como
pan y vino. El desciende cada día a las manos del sacerdote, en el altar, del mismo modo que descendió en Navidad en los brazos de Nuestra Señora.
El pesebre
En una ocasión, cuando estaba viviendo en Greccio, un lugar muy bueno para su oración, Francisco tuvo la idea de representar el Pesebre,
para que las personas pudiesen ver bien concretamente el gran acontecimiento de la historia de la humanidad: hubo un día en que el propio Dios Altísimo resolvió nacer como un hombre y nació en Belén, pequeñito como cualquier bebé.
En ese lugar había una gruta. Pidió que juntasen paja en su interior, que llevasen un buey y un burro. Después, todo el pueblo fue con antorchas encendidas y celebraron una Misa de Navidad en la gruta, bien cerca de la medianoche.
Francisco cantó el Evangelio e hizo el sermón. Habló con una dulzura inmensa sobre Dios hecho un niño. Consideraba que esto era lo máximo, porque mostraba cuánto nos ama Dios y cuán importantes somos nosotros para Dios.Mucha gente dice que fue por causa de esa idea de Francisco que todo el mundo comenzó a hacer pesebres en Navidad, hasta nuestros días.

Jesús pobre

Hoy en día, nuestros pesebres suelen ser muy bonitos y nos muestran u
n clima de fiesta. Francisco quería ver en él, sobre todo, a Jesús pobre. Una de las cosas que más marcó su vida fue observar que Dios, que es el dueño de todo, cuando vino al mundo no se presentó como un poderoso sino como un pobre.
Jesús nació como el hijo de un carpintero, vivía en una ciudad perdida del interior, llamada Nazaret, creció trabajando como obrero y siempre anduvo en medio de las personas que todos despreciaban. Francisco, que había andado en medio de los leprosos y además gustaba de estar con ellos, entendía eso muy bien.Para él, esa era una de las mayores lecciones que el Hijo de Dios vino a dar a este mundo. Cuando la gente comienza a decir: ¡Esto es mío!, no para y quiere poseer cada vez más. Cuanto más cosas tiene uno, más considera que puede mandar a los otros. Y, cuanto más uno manda a los otros, más importante se siente y considera que todos están en esta tierra para admirarnos y alabarnos.
Por eso, siguiendo a Jesús, Francisco decía que no quería tener nada propio. El recibía todas las cosas buenas, incluso las limosnas que le daban, con mucha alegría y con mucha gratitud. Y le era placentero usar lo que le daban. Pero consideraba que, cuando uno no lo necesita, tiene que "devolverlo a Dios", es decir, entregarlo a quien lo necesita.Y, como era rico de dones de Dios, Francisco consideraba que necesitaba muy pocas cosas, y muy simples. El, Clara, y todos sus primeros compañeros y compañeras vivían en una pobreza muy grande, aunque hubiesen experimentado antes lo que era ser rico. Querían ser como Jesús, que también era rico en el cielo y se hizo pobre en la tierra.
Pero es claro que esa pobreza era un acto de amor y un acto de humildad
. Dios se hizo pobre para venir a ayudarnos, y vino a ayudarnos porque tiene un amor infinito por nosotros. Jesús también enseñó que uno no precisa guardar demasiadas cosas porque si somos de Dios y creemos en eso, confiamos que El nunca va a dejar que nos falte lo que realmente es importante.
Cuanto menos cosas posee uno (las cosas acaban por adueñarse de uno) más uno se deja envolver por Dios y El acaba siendo toda nuestra riqueza.La pobreza cuestionada
Es claro que esa situación en la que vive tanta gente, todavía hoy se da en nuestro mundo: no tener casa donde vivir; ni ropa suficiente, ni la comida que precisa, ni poder cuidar la salud o no ir a la escuela por ser demasiado pobre, es una situación injusta y no puede continuar. Eso tiene que cuestionarnos y no nos puede dejar tranquilos, en tanto no estuviéramos haciendo algo para que la situación mejore.Francisco, como Jesús, era rico y se hizo pobre. No necesitaba ser pobre, pero quiso serlo, para ir al encuentro de los hijos de Dios por quienes Jesús salió del cielo.
Mas es claro que esa pobreza voluntaria también cuestiona. Si la mayor parte de las personas lo que quieren es ser cada vez más ricas, ¿cómo es que alguien se hace pobre por decisión propia?
En el tiempo de Francisco, mucha gente estaba buscando un camino de pobreza voluntaria, justamente por entender que ese era el ejemplo de Jesucristo. Grandes grupos de hombres y de mujeres religiosos surgieron, por todas partes, viviendo y proclamando una vida de mayor pobreza. Desgraciadamente, muchos de esos movimientos no siguieron adelante y terminaron mal, porque también querían ser una protesta contra la riqueza de los poderosos, especialmente de los poderosos que en ese tiempo había en la Iglesia.
Es claro que los poderosos de todo tipo veían esos movimientos como una amenaza, y los cuestionaban. Sabemos de un episodio en que el propio Hugolino, ya como papa Gregorio IX y en la ocasión en que fue a Asís para proclamar a Francisco como santo, quiso cuestionar a Santa Clara de Asís por su vida de pobreza.
Pero ella respondió, como Francisco también habría respondido, que sólo quería seguir al Señor Jesucristo. De hecho, como Francisco y Clara tenían una visión muy segura de que su movimiento era inspirado por Dios y sólo existía por ser una rama muy viva dentro de una Iglesia viva, la familia franciscana sobrevivió. Tuvo muchas veces el rol renovador de cuestionar a los cristianos para que fueran mejores seguidores de Jesucristo pobre, que vino para cuidar de los pequeñitos y animar su presencia por la comunicación del amor de Dios.

El Crucificado y los crucificados

Francisco de Asís quedó muy marcado por aquellas dos experiencias iniciales suyas: la vida con los leprosos y el encuentro con el Cristo de San Damián. Después de eso, él siempre vió a Jesucristo en todos los pobres y sufrientes, en todos los enfermos e injusticiados. De la misma forma, cuando estaba delante de Jesús en su oración, también vislumbraba siempre a todos los crucificados de este mundo, porque sentía muy vivamente que Jesús estaba en la cruz porque amaba mucho a todos los hombres y mujeres, especialmente porque veía que ellos todavía no estaban viviendo plenamente el amor de Dios.
Por eso, en toda su vida, Francisco se fue entregando al Cristo crucificado y a sus hijos crucificados. Rezaba con el cuerpo y con el alma, cuidaba de los otros con el cuerpo y con el alma. Consideraba que no podía cerrar aquellos ojos de misericordia inmensamente
abiertos que viera en el Crucificado de San Damián, y llevaba esos ojos dentro de sí.Por esto es que Francisco se fue transformando cada vez más en aquello que amaba y, al final, mientras rezaba en el Monte Alvernia, llegó a un punto en que las propias llagas de Cristo crucificado brotaron en su cuerpo.

La escudilla

Francisco rezaba mucho, pero no era lo único que hacía. Cuando no andaba predicando por las ciudades vecinas, se quedaba en casa y hacía trabajos manuales. El y sus hermanos iban a buscar leña, plantaban verduras, construían las cabañas en que dormían.
Una vez, cuentan que estaba haciendo una escudilla, que es una fuente de madera.

Cuando llegó la hora de la oración, dejó el trabajo a medias y fue a rezar. Pero no conseguía mantener la atención. Recordaba siempre la escudilla que estaba haciendo. Pensaba:

– Pienso que es mejor hacerla mas profunda...
– Va a tener que quedar bien lisita...
Cada vez que venía uno de esos pensamientos, procuraba ahuyentarlos como moscas inoportunas, pero no lo conseguía.
De repente, se dio cuenta que su trabajo no podía atrapar su oración, que era mucho más importante. Salió de la oración y fue a buscar la escudilla. La quebró y la arrojó al fuego. Después, volvió sosegado para entretenerse con Dios en la oración.

Las estatuas de nieve
En otra ocasión, Francisco estaba rezando durante la noche. Era invierno, hacía mucho frío y, fuera de la cabaña, todo estaba cubierto por una capa muy gruesa de nieve.
De repente, Francisco comenzó a tener dificultad para concentrarse en la oración porque le venía una tentación muy fuerte a su cabeza. El pensaba que, si se hubiese quedado con su padre, en vez de seguir la vocación de ser fraile, ahora podría estar en una casa bien calientita, tendría una mujer cariñosa y tal vez tuviese varios hijos.
Consideraba que podría tener varios empleados para que cuidaran del fuego y de la comida.
Francisco hizo de todo para espantar esa tentación, pero no lo consiguió. Por el contrario, le estaba siendo cada vez más inoportuna.
Al fin se decidió. Salió fuera, se sacó la ropa y rodó en la nieve helada. Incl
uso, con las manos temblando, fue juntando nieve e hizo siete muñecos, como si fuesen siete estatuas. Después se dijo a sí mismo:
– La más grande es tu mujer. Después vienen los dos hijos y las dos hijas. Los otros dos son un empleado y una empleada. Ahora trata de trabajar duro para cuidar de ellos, porque tienen frío y hambre.
Francisco era así...Todo lo transformaba en una especie de juego serio que lo llevaban a entender mejor y a resolver todos los problemas que aparecían
.


El trabajo

Francisco creía que el trabajo es una gracia de Dios. Trabajar es la capacidad que el ser humano tiene de transformar las cosas: uno puede tomar un pedazo de palo y transformarlo en un instrumento, puede plantar, cultivar y cosechar para vestirse o para comer mejor. Uno puede transformar el mundo.

Nosotros también tenemos la gracia o don de Dios de poder soñar e imaginar cosas y situaciones mucho mejores que las que encontramos. El trabajo es lo que nos ayuda a realizar los sueños.Mejor que eso: nosotros podemos soñar juntos y realizar cosas maravillosas trabajando juntos. Y hay sueños tan grandes que a los hombres les lleva siglos realizarlos completamente, pasando el trabajo de padres a hijos.
Más interesante todavía: uno puede soñar los sueños de Dios y ayudar al propio Dios a realizar todo lo que El imaginó para nosotros en toda la historia de este mundo.

Es una pena que tanta gente sólo se sienta obligada a trabajar y trabaje de mala voluntad Es una injusticia que tanta gente esté sin trabajo o tenga que trabajar en situaciones impropias y que hasta le hacen mal.
Por eso, Francisco y sus frailes trabajaban siempre en cualquier servicio. Pero les recomendaba que, como hermanos menores, aceptasen sólo los trabajos mas humildes, y nunca se metiesen a ser dueños o jefes de otros trabajadores. Tampoco debían trabajar para hacerse ricos.
Cada día, los hermanos de Francisco salían para el trabajo, después de haber hecho sus oraciones. Podían trabajar predicando el reino de Dios, ayudando en una cosecha, colaborando para abrir una zanja o construir una casa. Recibían con alegría lo que les diesen para comer. Si no les daban nada, Francisco decía que podían pedir limosnas para no morir de hambre.
También enseñaba que las personas que deseaban vivir en oración y comunión con Dios nunca debían quedarse sólo en eso, sin hacer nada más. Sobre todo si se tiene en cuenta que hay tanta gente necesitando ayuda.
El movimiento de Francisco, que se transformaría en la Familia Franciscana, creció de prisa y mucho, extendiéndose por todo el mundo, justamente porque no tenían propiedades y trabajaban en cualquier servicio, incluso en los mas difíciles. Por eso tuvieron siempre mucha facilidad para ir adonde fuese necesario; no estaban atados a nada.
De hecho, ellos eran apóstoles como los primeros discípulos que Jesús mandó por el mundo: sin cargar equipaje, dispuestos a quedarse en cualquier lugar y hacer cualquier cosa. Porque eran hermanos al servicio de todos los hermanos del mundo
.

Los animales

Pero la transformación de Francisco fue siendo cada vez más plena. No sólo veía señales de dolor, veía también señales de vida.
Como Jesucristo es toda la manifestación, toda la presencia de Dios que es amor, Francisco enseñaba a todo el mundo a ver que todas las creaturas y, después de los seres humanos, principalmente los animales, son también una imagen de Jesucristo.Por eso predicaba aún a los pajarillos, pidiéndoles que alabasen a Dios. Cuidaba bien de los corderillos, intentando soltarlos cuando veía que alguien iba a matarlos para comer. Procuraba hablar con los peces. Incluso los insectos le recordaban siempre que Dios tenía muchas formas de manifestarse, para que la gente descubra qué inmenso es su amor, y que cualquier forma de vida recuerda a Jesucristo.
Hasta hoy, mucha gente ve a Francisco como un poeta. Pero él es propiamente un santo, que encuentra a Jesucristo en todo.


Las plantas

A causa de esa manera de entender las cosas, por ese modo suyo de estar viendo la presencia del amor de Dios en todo y entendiendo que el amor de Dios presente es Jesús, Francisco tenía también un gran amor por las plantas y unas muy originales ideas.
Decía a los frailes que, cuando fueran a cortar leña al bosque, nunca debían cortar un árbol del todo. A lo más, podían cortar algunas ramas, dejando que el árbol brotase de nuevo. La vida del árbol es una alabanza de Dios, como Jesucristo.

Tampoco dejaba que los frailes arrancasen todas los yuyos de la huerta. Decía que incluso las plantas que no producían frutas u hojas para comer, también alababan a Dios con sus formas tan variadas, bonitas, especiales, aunque sus flores no fuesen las más lindas.

Como la Biblia dice que Jesús sería una flor que habría de brotar de la raíz de la familia de Jessé, todas las flores le servían a Francisco para recordar a su querido Jesucristo
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El Padre nuestro

La experiencia de Dios, que iba creciendo cada vez más en Francisco, era la del Dios-Amor. El Dios que quiere que todos vivan en el amor, en el mejor amor. Para él, Jesucristo es el ejemplo de cómo la gente hace la voluntad de Dios y consigue establecer el amor en el mundo entero. Por eso, consideraba que el momento donde se es más otro Cristo es el momento de la oración, cuando Jesús se entretiene con el Padre, porque ahí está viviendo plenamente su amor.

Jesús nos dejó una preciosa oración, el Padre nuestro, que todos aprendemos desde pequeños, pero que muchas veces repetimos sin pensar en lo que estamos diciendo.
Francisco hizo un comentario de esa oración. Fue tomando cada uno de sus pensamientos y los desarrolló para que uno siempre entienda bien concretamente lo que está pidiendo.

Quería que recordásemos que Dios es nuestro Padre y que el cielo es donde El está: en el corazón de los que lo aman. Quería que la gente recordase que la voluntad del Padre tiene que ser hecha en toda la tierra, como ya es hecha, plenamente, por todos aquellos que están en el cielo. El Padre nuestro ayudó a Francisco a ser el santo que fue. Y está allí para ayudarnos a nosotros también.


Enfermo en San Damián

A fines de 1224, con cuarenta y dos años, Francisco estaba muy enfermo. Sufría de malaria: no conseguía comer y, para peor, además de no ver casi nada, no soportaba la luz del sol o del fuego en sus ojos. El cardenal Hugolino, que era su amigo, estaba siempre buscando un mejor médico para él. En esa ocasión, mandó a decir que había encontrado un buen doctor en Siena, donde estaba el papa y sus cardenales. Francisco aceptó la invitación y quiso ir a Siena.

Antes fue a San Damián, a despedirse de Clara. Llegó tan mal que Clara y los frailes que lo acompañaban decidieron que no podía viajar. Sobre todo por aquel crudo invierno, con todos los caminos cubiertos de nieve. Clara mandó construir una cabañita para él, junto a la casa de los frailes que ayudaban en San Damián.
Fue uno de los peores momentos de su vida, a pesar del cariño de Clara, de las Hermanas y de los frailes. Estaba enfermo en cuerpo y alma. Un desaliento enorme había caído sobre él. Recordaba que muchas cosas no estaban marchando bien en medio de la multitud de sus hermanos y pensaba que se había equivocado mucho en su vida. Una certeza cruel lo aplastaba día y noche: había perdido la vida e iría al infierno.

Para peor, el lugar estaba lleno de ratas, que pasaban la noche entera andándole encima.

Cántico del Hermano Sol

Pero un día amaneció cantando, como lo había hecho durante toda su vida. En su oración, tuvo la certeza de que estaba con Dios para siempre y eso se expresó a través de un Cántico, famoso hasta hoy y que es conocido como Cántico de las Criaturas o Cántico del Hermano Sol.

En él, Francisco se dirige a Dios Altísimo, Omnipotente y Bueno, y, reconociendo que ningún hombre es digno siquiera de mencionar el nombre de Dios, se une a Jesucristo para hacer la mayor alabanza de toda su vida. Va invitando a todas las criaturas que más le recuerdan a Jesús.Llama al Hermano Sol, del brazo con la Hermana Luna, porque los dos son bellos, luminosos y nos dan la posibilidad de ver todo lo que existe.

Llama al Hermano viento, del brazo con la hermana agua, porque sin ellos no vivimos.

Llama al Hermano Fuego del brazo con la Hermana Tierra... Llama a las estrellas, llama a las flores coloridas y a las hierbas.

Llama a las personas que saben soportar el sufrimiento por amor, como Jesús, llama hasta a la Hermana Muerte, del brazo del Jesús de la Cruz, que se entregó a ella para que nosotros tuviésemos vida.
Recuerda, en todo el cántico, que Jesús se hizo servidor, es el Buen Señor que nos da todo, pero también nos vino a enseñar a acoger, usar y agradecer.


El hierro candente

En cierta ocasión, el cardenal Hugolino encontró un médico que creyó que podría curar los ojos de Francisco quemándole con un hierro candente toda la región que iba desde las cejas hasta las orejas.

Los frailes huyeron horrorizados cuando vieron al médico calentar el hierro. Y es bueno recordar que, en aquel tiempo, nadie pensaba en alguna anestesia, y cualquier operación dolía mucho.
Pero Francisco comenzó a rezar, recordando al Hermano Fuego que siempre fue su amigo, y pidiéndole que no lo hiciese sufrir demasiado. Después, cuando sus hermanos comenzaron a volver, todavía asustados por el fuerte olor a carne quemada, él les dijo que no había sufrido casi nada.
Realmente, era un hombre que iba integrándose cada vez más con todas las creaturas: se sentía en unión con ellas, porque sabía que, como todos los otros seres, él también era una imagen de Dios.


La bendición

Cuando todavía estaba en el Monte Alvernia, poco después de haber recibido la visita de Jesús Crucificado que lo transformó por fin en un hombre con las mismas llagas de Cristo, Francisco pidió a Fray León, su compañero, que le trajese algo para escribir.

En aquel tiempo todavía no existía el papel, y Fray León trajo un pedazo de pergamino, que era un cuero de cabra preparado para escribir en él.

Francisco había notado que su amigo León andaba muy preocupado y quiso consolarlo. Escribió de un lado del cuero una bellísima oración, llamada "Alabanzas al Dios Altísimo", en la que fue manifestando todo el amor que él había experimentado de manera tan fuerte allí en el Monte Alvernia.

Del otro lado del cuero, escribió una bendición para Fray León. Las p
alabras estaban tomadas de la Biblia:
"El Señor te bendiga y te guarde: te muestre su rostro y tenga misericordia de ti. Vuelva a ti su rostro y te dé la paz. El Señor te bendiga, Fray León".

Abajo de esa bendición, Francisco dibujó la cabeza de Fray León e hizo una Tau atravesando el nombre y la cabeza del amigo. La Tau tiene la forma de una T, pero es una de las formas de representar la cruz. A Francisco le gustaba dibujar la Tau en todas partes, como una señal de Cristo crucificado. Es que él sabía que la Biblia habla varias veces de personas marcadas con una señal de Dios y que el profeta Ezequiel dice que esa señal era la Tau. Francisco había quedado muy impresionado cuando oyó un sermón del papa Inocencio III, en 1215, hablando del profeta Ezequiel y diciendo que los cristianos debían salir por el mundo marcando a la gente con la señal de Cristo.
La señal de Dios es un signo de bendición, y la bendición es un deseo bueno que se hace a alguna persona, pidiendo que Dios la ayude. Francisco siempre fue una bendición viva para todos, y sus frailes siguieron el ejemplo. Por eso, hasta hoy, la Tau es la señal de los seguidores de Francisco.

Una vez, Francisco también escribió una cartita a Fray León, en la que decía que podía buscarlo siempre que pensara que podía ayudarlo. Fray León guardó esos dos pedazos de pergamino o cuero de cabra, durante toda su vida. Muchos milagros fueron hechos con el uso de esas dos reliquias. Todavía hoy, se pueden ver en Italia, muy bien guardados, esos
escritos de Francisco. Es lo único quedó con su letra.

Excluido


Cuando Francisco comenzó a buscar los caminos de la oración, fue expulsado de casa por su padre.
Cuando comenzó a andar con los leprosos, fue expulsado de la propia ciudad por sus ciudadanos. Para decir la verdad, él mismo se excluyó de aquella sociedad que sólo quería ganar dinero.

Esa experiencia fue muy importante para hacerle comprender al Hijo de Dios, que también vivió como un pobre y un excluido y terminó crucificado. No es lo mismo pensar en Dios cuando todos están de acuerdo que cuando se pierden todos los apoyos humanos.

Pero la peor exclusión fue al final. Cuando su movimiento, la Orden de los Frailes Menores, comenzó a tener millares de frailes por todo el mundo, los hombres más sabios y experimentados que habían ingresado en ella, quisieron poner un poco más de orden en todas las cosas. Como Francisco era un hombre simple, que no lograba pensar en grandes organizaciones, fue quedando de lado. En los últimos años, tuvo que colocar a otro hermano para dirigir el movimiento en su lugar. Ya muchos no lo conocían.


La perfecta alegría

Fue en esas circunstancias que Francisco explicó un día a Fray León, lo que consideraba que era la perfecta alegría. Creía que la alegría de verdad no consistía en que se dijera que los frailes se había esparcido por el mundo entero y que habían convertido a todas las personas.

Que la verdadera alegría tampoco era que se dijese que en todos los países estaban entrando en la Orden personas importantes, y hasta los reyes de Inglaterra y de Francia.

El creía que la alegría perfecta del seguidor de Jesucristo, sólo se daba cuando éste fuese ignorado, despreciado, y hasta fuese echado fuera y no por ello perdiese la cabeza. Y quedara feliz por ello, puesto que el Señor Jesucristo sufrió mucho más que todo eso para ayudarnos.

Pensaba en una alegría tan de dentro que nada puede acabar con ella: es la alegría de quien nota que está consiguiendo desarrollar en sí mismo la imagen de Dios, que es Jesucristo.


La nueva Regla

En 1223, tanto los superiores de los frailes como las autoridades de la Iglesia, consiguieron convencer a Francisco que necesitaba modificar su Regla de Vida, llena de e
xhortaciones y oraciones, para que se asemejara más a un reglamento o estatuto y pudiese ser aprobada por el papa, de modo definitivo.

Para francisco, su Forma de Vida, o modo de vivir, era un presente de Dios. Los primeros trozos, los había encontrado en la lectura del Evangelio, junto con los primeros compañeros, Bernardo y Pedro. Después, en 1209, había recibido la aprobación del papa para un documento todavía bien simple. Con el tiempo, fueron añadiendo más elementos al ideal de su vocación.

Francisco se retiró a la soledad de la oración, en un lugar llamado Fonte Colombo, acompañado por dos frailes que podían ayudarlo a escribir. Se sintió inspirado por el propio Dios, y presentó un documento nuevo, que fue aprobado por el papa Honorio III y está en uso hasta hoy por todos los frailes franciscanos. Aunque resumida, mantiene toda la fuerza del espíritu de Dios que vivió en Francisco.

El testamento

En los últimos años de su vida, con una familia franciscana ya enorme, muchos de los frailes ni se conocían unos a otros ni al mismo Francisco. Sus fieles compañeros de los primeros tiempos le pedían insistentemente que les dejase por escrito lo que considerara más importante para ser vivido por sus seguidores.
Al final, casi en los últimos días, Francisco dictó su Testamento, señalando los detalles en diálogo con los hermanos. Es un documento muy bello en que va evocando los primeros tiempos y
recordando que fue Dios quien tomó la iniciativa de todos los pasos que dio. Hasta sus primeros hermanos fueron un presente de Dios, y todo lo que ellos vivieron vino siempre de Dios.

Al final, Francisco recomendaba que todos obedeciesen siempre la regla y daba una bendición a todos los hermanos.

Ese documento es todavía hoy una inspiración de vida para todos los seguidores de Francisco.


Ultima voluntad


Unos pocos días antes de morir, Francisco se acordó con mucho cariño de Clara y sus Hermanas, que habían seguido su ideal y vivían una vida muy santa, de extrema pobreza. Quiso mandarles una cartita con su última voluntad.

Clara acogió y guardó con mucha gratitud esa última palabra de Francisco y, más tarde, la colocó dentro de su propia Regla. Las palabras son las siguientes:

"Yo, Fray Francisco, pequeñito, quiero seguir la vida y la pobreza del Altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y en ella perseverar hasta el fin; les ruego, señoras mías, y les aconsejo que vivan siempre en esa santísima vida y pobreza. Y guárdense bien de apartarse de ella en manera alguna por la enseñanza de quien quiera que sea".

Para él, esa era la voluntad de Dios. El había vivido la pobreza de Jesucristo y de Nuestra Señora hasta el fin. Deseaba ahora que Clara y sus Hermanas pudiesen también ser fieles. Y ellas lo fueron.


Hermana muerte

En los últimos días de su vida, Francisco dejó los mejores ejemplos a sus compañeros. Estaba siempre alegre, casi siempre cantando y, además de rezar mucho, también hacía recomendaciones para que los Hermanos fuesen fieles a su vocación.

Hubo un tiempo en que lo llevaron a la casa del obispo de Asís, Don Guido, para ser mejor cuidado por los médicos. Pero, cuando vio que el fin estaba cerca, pidió ser llevado a la Porciúncula, pues era la casa de los frailes y él tenía mucha devoción a Nuestra Señora de los Angeles, patrona del lugar.

En el camino, aunque ya no veía, pidió que lo pusieran de cara a la ciudad de Asís para bendecirla.

Todavía quiso hacer una última celebración con los frailes, dividiendo un pan con ellos. El día 3 de octubre de 1226, cantando de alegría, recibió el abrazo de la Hermana Muerte y se fue a encontrar definitivamente con aquel Jesús que había intentado seguir en todos los momentos de su vida. Lo imitó hasta el fin, haciendo la voluntad del Padre.

De acuerdo con su deseo, murió tendido en la tierra. Fue entonces que las multitudes comenzaron a llegar y se dieron cuenta que aquel hombre era extraordinario: tenía las llagas de Cristo crucificado.

Un fraile que vivía lejos y estaba en oración en aquel momento, contó que vio una procesión sin fin caminando en dirección al cielo. Asistió maravillado al paso de la multitud y percibió que todos acompañaban festivamente a su hermano Francisco, que iba muy alegre y elegante, vestido con una ropa roja, de diácono de la iglesia.

En ese momento, alguien le preguntó:

– Hermano, ¿quién es ese que va al cielo?

El respondió:

– Es San Francisco, claro.

La persona dijo todavía:

– Pero parece Jesucristo.

Y el hermano:

– Claro, son lo mismo.

De hecho, quien vive una vida plenamente humana, se transforma en Cristo, y quien se transforma en Jesucristo tiene el cielo dentro de él, porque entra, por la gracia de Dios, en la vida de la Santísima Trinidad.


La canonización

Menos de dos años después, el cardenal Hugolino, amigo de Francisco, y que en ese momento ya era papa y se llamaba Gregorio IX, después de mandar hacer un estudio bien hecho sobre la vida y los milagros de Francisco, fue a Asís para declarar a todos que era un santo.

La fiesta se celebró en la plaza que queda en frente de la iglesia de San Jorge (hoy transformada en la basílica de Santa Clara). Fue ahí que Francisco había aprendido a leer. Ahí comenzó a aprender de memoria los Salmos, que alimentaron toda su vida de oración, hasta el último momento.

Multitudes empezaron a correr a la iglesia de San Jorge, y Francisco hizo muchos milagros. Después de eso, el papa mando construir una enorme basílica (una iglesia más importante) para ser la iglesia de San Francisco. Esta queda al otro lado de la ciudad, encierra la tumba de Francisco y recibe todos los años millares de peregrinos.


La Familia Franciscana a través de los siglos

P
ero el mayor monumento de San Francisco de Asís no está en ninguna construcción. Está en la vida de sus hijos e hijas y en la fraternidad que él comenzó. Desde aquel tiempo, los franciscanos y franciscanas son millares en todos los países del mundo y transformaron profundamente la sociedad, presentando un modo alegre y muy simple de vivir el Evangelio.

Los frailes menores, de la primera orden de San Francisco, forman tres grandes grupos, con los nombres de franciscanos, conventuales y capuchinos. Las Hermanas de Santa Clara, que forman la segunda orden, también tienen sus monasterios y diversos grupos por el mundo entero, pero hoy están muy enriquecidas por la presencia de numerosas congregaciones franciscanas femeninas que fueron fundadas desde el siglo XIII hasta el siglo XX.

Esas Hermanas Franciscanas pertenecen a la Tercera Orden Regular, que también cuenta con diversos grupos de Hermanos. Fue una de las grandes ramas por donde creció la primitiva Orden Tercera de los hombres y mujeres laicos y casados, que se quedaban en sus casas.

Pero también este último grupo creció y se convirtió en el más numeroso en todo el mundo, Hoy en día, tiene el nombre de Orden Franciscana Seglar.

Los amigos y seguidores de Francisco de Asís son incontables. Incluso fuera de la Iglesia Católica, tiene muchos admiradores y seguidores.

Redescubierto

Con toda su familia distribuida por el mundo entero desde el siglo XIII, Francisco de Asís fue siempre muy conocido. Pero, al final del siglo XIX y al comienzo del XX, gracias a grandes estudiosos, como Paul Sabatier y otros, fueron descubiertos innumerables documentos nuevos sobre su vida y sus escritos. Hoy en día, tenemos la posibilidad de conocer directamente muchas informaciones que habían estado perdidas a través de los siglos. Y grandes centros de estudios, en el mundo entero, se dedican a Francisco y a su espiritualidad. Francisco de Asís es ciertamente una de las personas acerca de la cual se han publicado más libros y estudios en toda la historia de la humanidad.

Pero sobre todo Francisco sige siendo un ejemplo de cristiano verdadero y una invitación de Dios a seguir a Jesús con al
egría y generosidad.

1 comentario:

Clarinda Driesen dijo...

Aunque muchos hayan leído esta información y no tenga comentarios, ciertamente no es porque tenga alguna falencia o pobreza, al contrario, está muy completo e interesante.
Gracias.