El Infierno en la tierra.
Al final del primer año de noviciado, en mi alma empezó a
oscurecer. No sentía ningún consuelo en la oración, la meditación venía con
gran esfuerzo, el miedo empezó a apoderarse de mí.
Penetré más profundamente en
mi interior y lo único que vi, fue una gran miseria. Vi también claramente la
gran santidad de Dios, no me atrevía a levantar los ojos hacia El, pero me
postré como polvo a sus pies y mendigué su misericordia. Pasaron casi seis
meses y el estado de mi alma no cambió nada.
Nuestra querida Madre Maestra [28]
me daba ánimo [en] esos momentos difíciles. Sin embargo este sufrimiento
aumentaba cada vez más y más. Se acercaba el segundo año del noviciado. Cuando
pensaba que debía hacer los votos, mi alma se estremecía. No entendía lo que
leía, no podía meditar.
Me parecía que mi oración no agradaba a Dios. Cuando
me acercaba a los santos sacramentos me parecía que ofendía aun más a Dios. Sin
embargo el confesor [29] no me permitió omitir ni una sola Santa Comunión. Dios
actuaba en mi alma de modo singular. No entendía absolutamente nada de lo que
me decía el confesor.
Las sencillas verdades de la fe se hacían
incomprensibles, mi alma sufría sin poder encontrar satisfacción en alguna
parte.(9) Hubo un momento en que me vino una fuerte idea de que era rechazada
por Dios.
Esta terrible idea atravesó mi alma por completo. En este
sufrimiento mi alma empezó a agonizar. Quería morir pero no podía. Me vino la
idea de ¿a qué pretender las virtudes? ¿Para qué mortificarme si todo es
desagradable a Dios? Al decirlo a la Madre Maestra, recibí la siguiente
respuesta: Debe saber, hermana, que Dios la destina para una gran santidad. Es
una señal que Dios la quiere tener en el cielo, muy cerca de sí mismo. Hermana,
confié mucho en el Señor Jesús.
Esta terrible idea de ser rechazados por Dios, es un
tormento que en realidad sufren los condenados. Recurría a las heridas de
Jesús, repetía las palabras de confianza, sin embargo esas palabras se hacían un
tormento aún más grande.
Me presenté delante del Santísimo Sacramento y empecé
a decir a Jesús:
Jesús, Tu has dicho que antes una madre olvide a su niño recién
nacido que Dios olvide a su criatura,
y aunque ella olvide, Yo, Dios, no
olvidaré a Mi criatura.
Oyes, Jesús, ¿Cómo gime mi alma?
Dígnate oír los
gemidos dolorosos de Tu niña.
En Ti confío, oh Dios, porque el cielo y la
tierra pasarán,
pero Tu Palabra perdura eternamente.
No obstante, no encontré
alivio ni por un instante.
(Santa Faustina Kowalska – Diario, #23)
Comentario:
Solo el que ha pasado por una
experiencia semejante puede entender lo que es eso, y así se compadecerá de los
pobres pecadores a quienes les espera ese terrible infierno en el más allá, y
entonces hará todo lo posible para tratar de salvarlos. Porque pasada esta
experiencia el alma se enciende en una gran caridad y amor a Dios y al prójimo,
pues es como que volviera del más allá, del fondo del Infierno, y que Dios le
diera una segunda oportunidad. Entonces el alma está tan agradecida que quiere
hacer TODO por Dios y por las almas.
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