domingo, 19 de octubre de 2008

Maria esperanza nuestra



MARÍA, ESPERANZA NUESTRA
 Si existe a1guna persona humana de la que la familia terrena pueda sentirse orgullosa es María. Ella es lo mejor de nuestra raza, enteramente humana, para que no nos intimide el fulgor de lo divino, como pudiera ocurrir en el caso de Jesús, Verbo de Dios; y colocada al mismo tiempo en los linderos de la divinidad como representante nuestro. Ella es la humilde esclava en quien el; Señor hizo maravillas (Lc 1, 48-49); capaz de dar acogida a los deseos más hondos de la Humanidad peregrinante. 
También ella peregrinó y murió.  Fue una muerte dulce, que la iglesia primitiva conmemoraba con la fiesta de la "Dormición" de la Virgen. Pero su cuerpo no sufrió la corrupción del sepulcro, reapareciendo aquí su carácter de criatura privilegiada. La semejanza con su Hijo debía de llegar hasta el final. Tras la muerte vino la resurrección, y María fue llevada en cuerpo y alma a los cielos.La Asuncion de María -no su muerte- es dogma de fe, definido por el Papa Pió XII el 1 de noviembre de 1950, con ocasión del Año Santo: "Declaramos y definimos que es un dogma revelado por Dios que la Virgen María, Inmaculada Madre de Dios, terminado el tiempo de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial." En la Asunción hemos de ver la victoria definitiva de esta mujer singular sobre la antigua serpiente y sobre todas las fuerzas del mal: la carne,el pecado, la muerte. Era también el triunfo glorioso de su cuerpo virginal. A la Asunción siguió la glorificación de María al lado de Jesús de modo semejante a como su Hijo había sido glorificado a la diestra del Padre. María fue coronada como Reina y Señora del Universo: reina de los ángeles, de los hombres y de toda la creación. Este titulo que le correspondía como Madre de Jesús, Rey y Señor del mundo, le fue concedido, además, en atención a sus propios merecimientos. De esta manera, la victoria de María se convierte en símbolo de esperanza para toda la Humanidad, de modo especial para el Pueblo de Dios, pues en ella se han cumplido ya las promesas hechas por Cristo a su iglesia. Dice el Concilio a este propósito: "Entre tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que, ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y principio de la iglesia, que ha de ser consumada en el futuro siglo, así en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor, antecede con su luz al pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo." (L.G: 68)
 Sabemos que María ha recorrido nuestra misma ruta, viviendo ejemplarmente su fe, su esperanza y su caridad, y ha llegado ya al término de su peregrinación. Sabemos que ése es también nuestro camino y tenemos la esperanza de llegar a conseguir la bienaventuranza que ella ya ha conquistado.
 Ella es como una antorcha que nos señala dónde esta nuestro destino de hijos de Dios, si somos fieles a nuestra vocación de elegidos. Seguiremos a Cristo en esta vida y reinaremos con El, también con María, en la gloria del Padre.
 Amén

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